lunes, 26 de abril de 2010

Érase una vez por Gemma Lienas

Gemma Lienas



Érase una vez un reino extraño en el que cualquier cosa anunciada por la ministra de Igualdad aparecía tergiversada. De este modo los todólogos de las tertulias disponían de munición para sus debates y, como si fueran reinas de corazones, podían gritar: "¡que le corten la cabeza!".

En nuestro país ocurre algo parecido. Por ejemplo, si dicho ministerio, aliándose con la FETE-UGT y el Instituto de la Mujer, promueve una lectura crítica de los relatos populares, los medios de comunicación publican que pretende erradicarlos de los colegios, y la ciudadanía sale a defender con los dientes el derecho de las criaturas a leer la ficción de Barba Azul y a conocerla tal como fue concebida.

Antes de sufrir un ataque de histeria colectivo, conviene tomar conciencia de ciertos aspectos básicos de lo que damos en llamar cuentos infantiles y de lo que imaginamos su forma inmutable.

Primero, esas historias que consideramos infantiles no lo son. Se originaron en tiempos remotos para ser contadas por y para personas adultas al calor del fuego, al que, obviamente, también acudían niños y niñas. Y puesto que nacían en el seno de las clases menos favorecidas, en ellas los personajes humildes gozaban de mejores y más nobles cualidades que los poderosos. Por esa razón, las clases dominantes despreciaban tales relatos, que, pese a ello, acababan, por boca de las niñeras, en los oídos de la prole de los ricos.

Así, calificamos de infantiles narraciones que tenían una clara voluntad iniciática para jóvenes. Narraciones que, como Cenicienta, previenen contra el incesto o que, como Blancanieves, cuentan el suicidio de esa joven embarazada y abandonada por el príncipe.

Segundo, aunque tengamos la convicción de que la fábula ha sido siempre como la conocemos, no es así. Uno de los primeros en recopilar esas narraciones fue Perrault, un académico francés que eligió entre las versiones existentes (había dos de cada cuento: una para mujeres y otra para hombres) las que mejor encajaban con los valores dominantes de su época y de su clase social: las que presentaban un modelo de sumisión femenina. Veamos un ejemplo a partir de su famosa Caperucita, que, según Bettelheim, autor de Psicoanálisis de los cuentos de hadas, tiene su origen en una leyenda fechada en 1203 y que Perrault conocía.

En la historia primigenia, Caperucita llega a casa de su abuela, se desnuda a instancias del lobo y se mete en la cama con la bestia. Ya bajo las mantas, la niña se sorprende del cuerpo del otro: ¡qué brazos tan grandes tienes! / Son para abrazarte mejor; ¡Qué boca tan grande tienes! / Es para comerte mejor. Entonces, la chiquilla anuncia una necesidad imperiosa, por lo que él le ata una cuerda a una pierna y la deja salir. Ya fuera, se desata y huye.

En la de Perrault, Caperucita se desviste y se encama con el lobo. Luego, se sorprende de las dimensiones del compañero (¡Qué ojos...! ¡Qué orejas...! ¡Qué boca...!) y éste se la zampa.

Así, en la primera interpretación, Caperucita se iniciaba sexualmente y, luego, escapaba del control del lobo. En la de Perrault, en cambio, plegándose a la moral de orden cristiano y de dominación masculina, la muchacha practica sexo, pero es castigada por hacerlo.

En el siglo XVIII, a partir de las ideas de Rousseau y Locke, se desarrolla una literatura infantil pensada para dar pautas de comportamiento rígidas y los hermanos Grimm, como recopiladores, cumplen con esas normas. Así, Caperucita se transforma de nuevo. La niña llega a casa de la abuelita y, junto a la cama del lobo, se asombra de las dimensiones de su cuerpo. Éste la devora. Finalmente, un leñador la saca de la barriga del animal.

Ahora, nuestra protagonista ya es casta y, sin embargo, su curiosidad es sancionada; por fin, un hombre le concede el perdón y la libera.

Así que, ya ven, cada época reinterpreta esas historias tradicionales. ¿Por qué no habríamos de hacerlo nosotros a la luz de la igualdad de sexos? Detengamos, pues, a la reina de corazones: ¡que no le corten la cabeza a la ministra!

viernes, 23 de abril de 2010

Hermosos, poderosos y ¿peligrosos? por Marina Sanfilippo

Cuando leí en El País la columna de Elvira Lindo del día 18 de abril, me planteé un montón de preguntas y no sé si he encontrado las respuestas. Por un lado, odio muchos productos de la moderna literatura infantil, por ñoños, aburridos y odiosamente didácticos. Soy una apasionada de los cuentos de hadas y los cuentos populares y por cuestión de principios desconfío de censuras y consejitos políticamente correctos, por lo que entiendo perfectamente la defensa de los “cuentos clásicos” que hace Lindo. Pero no creo que los cuentos de Perrault y de los hermanos Grimm adiestren a los niños en las emociones puras, puesto que tienen una moral (¿un moralismo?) muy definida, son un producto cultural de épocas muy determinadas en las que se aprovechó el caudal narrativo de la cultura popular pero domesticando su potencial subversivo, trasformando los personajes femeninos para que fueran modelos acordes a la moral del momento. Perrault crea una Cenicienta que se casa con el príncipe porque es buena, hacendosa, virginal y sumisa: el mensaje ideológico es claro, mucho más si se piensa que Cenicienta es un cuento mucho más antiguo (según Jack Zipes nos llega desde la prehistoria) que hablaba del poder de las mujeres y de su cercanía a la naturaleza. En la versión de Basile, Cenicienta es una chica nada pasiva, incluso peligrosa, capaz de romper el cuello a la madrastra con la tapa de un arcón… tampoco me gusta esto, solo lo recuerdo para que se entienda qué tipo de operación realizó Perrault.

Y yo me pregunto ¿Qué cuento de siempre vale la pena contar o leer a los niños de hoy? ¿Les quiero contar que madrastras y hermanastras son malas, mientras que un padre que no se ocupa de su hija no merece ni un reproche? ¿Quiero que el mensaje sexista se transmita arropado por toda la fuerza que le prestan esos símbolos poderosos de fuego, cenizas, gatos y plantas que proceden de la noche de los tiempos? Hay muchos cuentos de siempre y siempre se han utilizado para transmitir valores, dar una visión de la vida y explicar los destinos humanos. Ya que son muchos ¿es malo escoger?, ¿por qué no buscar un poco para encontrar personajes femeninos activos, o listos, o insumisos? Hay antiguas Caperucitas que engañan al lobo, la Hija del Sol no quiere casarse con el príncipe mientras este no demuestre un poco de inteligencia, la hija del visir acierta todas las adivinanzas que le pone el sultán… ¿Por qué no rescatar estas historias en lugar de la de la Bella Durmiente? También cabría preguntarse ¿por qué casi nadie las conoce y las cuenta? …

Creo que tengo ya la respuesta a mis propias preguntas: no quiero dejar a la infancia sin los cuentos de siempre, pero no quiero tampoco trasmitirles historias que nacieron y llevan años funcionando como factores de adoctrinamiento de los niños para que aprendan papeles y funciones fijas dentro de una sociedad sexista. Los cuentos de Perrault y los hermanos Grimm son literariamente bonitos, pero sabemos tan poco de cómo un determinado niño o una determinada niña recibe, percibe e interpreta un determinado cuento, que prefiero que los conozca cuando pueda entender que esas historias las escribieron unos señores muy moralistas que tenían unos intentos pedagógicos muy discutibles. Y que no por ello no se puede disfrutar con su lectura.

lunes, 19 de abril de 2010

Carta a Vicente Verdiu por su artículo en el País

por

Marián López Fdz. Cao
¡Coraje, Vicente!



Aunque mentes mal pensantes puedan tildarte de resentido, entiendo y comparto, cómo no, las hondas y complejas preocupaciones vertidas en tu artículo de el País del 10 de abril. Qué sociedad degradada ésta, dónde vamos a parar. ¿Qué se puede esperar de un país con tanta mujer infiltrada en todos y cada uno de los sectores sociales? Pongamos, sólo por apoyarte con los datos, el sector de la cultura. Fíjate, Vicente: un maldito año, desde 1976, el Premio Nacional de Ensayo se le dio a una mujer: qué vergüenza, como si no hubiera hombres suficientemente capacitados. Estos hechos rebajan a los hombres, qué duda cabe. ¿Y qué me dices de las tres mujeres que ocupan la Real Academia? ¿Y de las dos -serán cuota imagino- del Cervantes?¿Qué pasa? ¿no hay hombres con valía intelectual en este país? Humillante, vernos relegados, vilipendiados, esquinados, arrinconados, como señalas en tu acertado texto, los números cantan. Lo de la universidad ya no tiene nombres: las jóvenes aprueban licenciaturas sin dificultad. ¿Cuando decidimos dejarlas entrar? En apenas cien años, se suben a las barbas. Teníamos que haberlas dejado fuera, si, como tu dices, no entienden siquiera un texto. Así están las cosas: pero coraje Vicente, con un poco de suerte y mano dura, sustituiremos –por la razón o la fuerza- a presidentes enfermizamente feministas por inteligentes jefes de Estado que obliguen como antaño a las mujeres a tener autorización de sus maridos para disponer de su dinero. Qué tiempos que añoramos ¿verdad?, que vuelvan, ellas y sus afines, al anonimato de las fosas comunes.

Por cierto, Vicente, aquí entre nosotros, ¿no has pensado nunca en una línea V&V de cosmética masculina: Vicente Verdú “l'homme réel est revenu”?. Desde luego suena mejor que como nombre de columnista.







Marián López Fdz. Cao

Didáctica de la Expresión Plástica
Facultad de Educación

TRIBUNA: LAURA FREIXAS Hombres S.L

Yo echo de menos la época en que abría un suplemento literario y veía artículos de García sobre Fernández, de Gómez sobre Pérez, de Álvarez sobre Martínez, y así sucesivamente. Porque ahora lo que veo es que Pablo entrevista a Pedro, Antonio escribe sobre Juan, Jesús sobre Ramón, Rafael sobre Emilio... y sólo muy de vez en cuando aparece una María o Mercedes. La proporción de mujeres entre los colaboradores de cualquier suplemento o revista de literatura o pensamiento es mínima: 10% o 15%. Y lo mismo se aplica a los entrevistados y a los autores cuyos libros se reseñan: prácticamente todos son varones.

Ante semejante panorama, ¿qué podemos pensar? ¿Que no se entrevista a autoras ni se reseñan sus libros porque no las hay? Falso: escritoras hay muchas. ¿Que las mujeres no hacen crítica porque no han tenido la formación necesaria? Falso: el alumnado de Letras es mayoritariamente femenino. ¿Que es cuestión de tiempo? Falso: ya eran mayoría a principios de los setenta. ¿Que algunas autoras de las que se habla mucho son la avanzadilla de un movimiento imparable? Falso: pueden alcanzar el éxito comercial y los correspondientes premios, pero no lo más importante: el reconocimiento institucional, sinónimo de permanencia, de futuro. De todo lo que hoy se publica ¿qué es lo que leerán en el colegio nuestras nietas y nietos? Sin ninguna duda, lo que haya recibido el espaldarazo institucional. Y eso es lo que se sigue regateando a las mujeres. Ellas ocupan solamente 3 de los 43 puestos de la Real Academia; entre 34 galardonados con el Premio Cervantes sólo figuran dos (María Zambrano en 1988 y Dulce Loynaz en 1992), y el Nacional de Narrativa lo han obtenido también únicamente dos mujeres (Carmen Martín Gaite en 1978, Carme Riera en 1995). No lo tienen autoras de la talla de Rosa Montero, Soledad Puértolas, Esther Tusquets, Almudena Grandes, Belén Gopegui... El único sector del libro con mayoría femenina es el de los lectores/as, aunque no "inmensa", como a veces se dice, sino muy discreta, un 55%.

No sé qué es lo más grave: si el hecho de que las pocas literatas a las que se da cancha suelan ser las que corroboran los estereotipos sexistas (mujer = nota de color; mujer = niños y sexo; mujer = esposa o hija de). O la constatación de que en treinta años largos de democracia, hayamos avanzado tan poco: a veces da la impresión de que las mujeres a las que se admite aquí o allá no son el primer paso para abrir la puerta a otras, sino la coartada para cerrársela... Pero no: lo más grave, sin duda, es esa especie de hipnosis colectiva por la que nos creemos lo que nos dicen ("los libros son cosa de mujeres") en vez de lo que vemos con nuestros propios ojos. Esa ilusión óptica que hace que al hojear un suplemento literario veamos Fernández y García y no Pablo y Emilio, y no nos preguntemos dónde están Mercedes y María. -

Laura Freixas (Barcelona, 1958) es autora, entre otros libros, de la autobiografía Adolescencia en Barcelona hacia 1970 (Destino), el ensayo La novela femenil y sus lectrices (Universidad y Diputación de Córdoba) y la antología Cuentos de amigas (Anagrama). www.laurafreixas.com.

Artículo publicado en EL PAÍS el 10/4/2010

Carta a Elvira Lindo por Nora Levinton

Querida Elvira

comienzo declarándome una de esas lectoras que muchos domingos comienza la lectura del periódico por tu artículo y que se ríe a carcajadas con frecuencia de lo que allí comentas. Muchísimas veces he coincidido con tus análisis y opiniones.
Y, aunque suene cursi, he creído que nuestras coincidencias nos acercaban a una especie de familiaridad, casi diría de fraternidad.
Hoy, como en toda relación significativa ha aparecido una grieta que describe nuestro desacuerdo en temas importantes.
Siempre aprecié el grado de implicación personal en tus notas. Ser capaz de ser tan rotunda en algunas declaraciones, hasta hoy lo había valorado como un rasgo de honestidad.
Pero, ahora también añadiría, de una peligrosa tendencia: dar a nuestras experiencias individuales el valor de universales.
Creo que es arriesgado plantear que si tú has podido llegar a estas conclusiones, el resto de las mujeres también lo hará.
Y que para defender la vigencia de los cuentos infantiles, no es necesario desacreditar o impugnar como se “cuela” en nuestra socialización primaria, cuestiones tan serias como la violencia de género o la perpetuación de roles.
Algunos cuentos clásicos pueden ser joyas de la literatura infantil, y sin embargo... encerrar mensajes que contribuyen a “más de lo mismo”. Mencionarlo es reconocer que como tantas otras biblias o dogmas, también algo de la literatura infantil puede ser criticable.
Las emociones no son puras, son demasiado complejas. Y que aprendamos acerca del sufrimiento, también por lo que padecen nuestros amados personajes de cuentos, no invalida que a veces la crueldad sea excesiva (como lo describe Bruno Bettelheim).
Los maniqueísmos colaboran a la confusión. Y volver a la disquisición entre lo “instintivo” o lo cultural, es retroceder demasiado. Hablemos de la maternidad, la sexualidad, la agresividad, etc.etc.etc.
Afortunadamente, nos ha tocado vivir en una época en que sabemos que la interrelación entre ambos aspectos es irreductible.
Acceder a cierto grado de “conciencia de género” no es una condición dada por el simple hecho de ser mujeres. Es una posibilidad que les es negada a una inmensísima mayoría femenina, que está a años luz de como tú puedes haber vivido tu infancia, adolescencia, y actual madurez.
Cuestionar nuestra educación sentimental, el hacer del amor romántico “el proyecto”, no significa que no podamos disfrutar de intensas relaciones. Reconociendo nuestra vulnerabilidad, podemos anticipar mejor, cuidarnos, ocuparnos de no permitir que se nos denigre, maltrate, postergue.
Acuerdo con que los excesos y fundamentalismos, son peligrosos. Pero...las negaciones también. El mundo no somos exclusivamente nosotras y nuestras circunstancias. Y en la vida de muchas mujeres, demasiadas, las patadas no son literarias.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Mujeres Compositoras, una lucha por la igualdad – Marisa Manchado Torres

Este artículo fue publicado en la sección de OPINIÓN del diario “El País” el sábado 20 de diciembre de 2008 y ¡todavía sigue vigente!
Es fácil encontrarlo en Internet, pero conviene que nosotras también lo tengamos muy a mano.






En menos de un mes hemos asistido a dos manifestaciones, aparentemente opuestas, de una idéntica situación, y ambas en este mismo periódico: me estoy refiriendo al silencio al que fuimos sometidas las mujeres en el extra de Babelia dedicado a la música contemporánea del pasado 27 de septiembre y a la media página que nos concedieron, el jueves 23 del mes de octubre, con motivo del concierto Fémina Clásica que organizaba la Fundación Autor. Tanto un caso -el silencio más ofensivo- como el otro, la fuerza de la imagen con siete compositoras en torno a un piano y el acertado titular “¿Discriminadas? “Rotundamente, sí”, obedecen al mismo estado de la cuestión: las mujeres en la música y más concretamente en el territorio patriarcal por excelencia, la composición, continuamos siendo pájaros exóticos, mitad temidos, mitad mimados paternalistamente, como “nenitas”, en ningún caso en igualdad de condiciones con nuestros colegas varones, sin la mayoría de edad necesaria para participar en igualdad de condiciones, y a los hechos me remito. El extra Babelia dedicado a la música contemporánea del pasado 27 de septiembre arranca con un comentario de Juan Ángel Vela del campo donde cita cuarenta y nueve nombres de compositores, entre los cuales ninguna mujer; seguimos con las fotos, donde de nuevo brillamos por su ausencia y así sucesivamente. Como el que no quiere la cosa terminamos de leer siete páginas de cultura dedicadas al pensamiento y creación musical contemporánea en nuestro país y nos queda el regusto de tiempos muy pasados donde la mujer era descanso del guerrero o “in ecclesiis taceant”, por cierto, tiempos no tan lejanos. No me voy a extender, Laura Freixas ya contestó magníficamente en la sección cartas al director de este mismo periódico.
Casi un mes después la Fundación Autor da la cara, con éxito absoluto, por un concierto en exlusiva de compositoras, el concierto Fémina Clásica con 10 compositoras españolas entre los 65 años y los 27 y el mismo día del concierto grandes titulares y fuerza mediática.

Y el común denominador es recurrente: nos toca re-inventarnos nuestra propia historia o dicho con mayor precisión, recuperar nuestra historia que es parte sustancial de la historia, al menos del 50%.

Todavía podemos encontrar quien en su atrevimiento ignorante, ya se sabe no hay nada más atrevido que la ignorancia, afirma categóricamente “!Pero si no ha habido compositoras!” o incluso yendo más lejos, “Sí, ha habido, pero son de “obra menor”, no alcanzan la suficiente calidad”. Aquí hemos dado con el núcleo de la cuestión: el sistema patriarcal puede permitir que hayan existido compositoras, incluso que hayan podido vivir de su trabajo, pero existen olimpos de poder a los que las mujeres, todavía hoy, “taceant”, y uno de estos sacrosantos olimpos es la Academia, o la Escuela, y con ellas la Historia; sí, con mayúsculas, pues el Poder del Saber “de verdad”, el “bueno”, todavía es cosa de hombres.
El Canon musicológico impone sus reglas, menos mal que Susan McClary nos abrió los ojos y los oídos, sobre todo, a la musicología feminista, todavía escueta en nuestro país pero no por ello menos firme.
Los Conservatorios están llenos de mujeres, así como las aulas de composición; sin embargo los conciertos de música contemporánea al uso están llenos de hombres y la excepción seguimos siendo las mujeres. La docencia de la música, en los niveles elementales y profesionales es mayoritariamente femenina; pero cuando llegamos a los Conservatorios Superiores las grandes posiciones son ocupadas por varones. Esta desigual proporción se debe sin duda a la inercia del sistema patriarcal, para lo cual se introducen medidas correctivas como la Ley de Igualdad que promueve el valor de la diferencia, la riqueza de lo transversal en oposición a lo lineal, la abundancia de la diversidad; he estado utilizando conceptos que están ya en la calle, además de en la boca de todos nuestros políticos: transversal, diversidad, diferencia, pero cuando se trata de aplicarla a la mitad de la población, las mujeres, los cimientos del sistema rechinan y rugen. Sin embargo, la aportación diversa y diferente, de la música de las compositoras enriquece el universo musical, abre los oídos a otras formas de pensar la música como así lo están demostrando las pocas compositoras que a duras penas se abren paso, en suma enriquecen, airean, cuestionan y hacen más saludable una vida musical que por otro lado necesita como agua de mayo este impulso, pues por más que nos queramos engañar, una vida musical que sólo se mira a sí misma, cerrada a cal y canto, acaba por morir de inanición cuando no de muerte súbita.
Así, la ley de Igualdad exige paridad entre hombres y mujeres en todo tipo de organismo público, y algunos privados, con capacidad de gestión y decisión y especialmente en los cargos directivos. Nos gustaría ver paridad en las programaciones musicales, al menos de los Festivales y Centros públicos, que es casi como decir en todos, pues España es un país cuya cultura musical vive, fundamentalmente, de las subvenciones de dinero público. Y también queremos ver paridad en los cargos directivos de los centros de gestión que rigen nuestra vida musical. Y queremos que las Hildegard de Bingen, Barbara Strozzi, Mariana Martínez, Elisabeth Jacques de la Guerre, Louise Farrenc, Fanny Mendelssohn, Clara Wieck, Pauline Viardot, Cécile Chaminade, Alma Mahler, Lili Boulanger, María Rodrigo, Rosa García Ascott, Germaine Tailleferre, y sólo por citar a las mejor recuperadas y documentadas, ¡y ni siquiera a todas de entre éstas! estén normalizadas y la programación de sus obras no sea sólo en conciertos monográficos “8 de marzo”, aunque también.
Marisa Manchado Torres, es compositora, Vicedirectora del Conservatorio Teresa Berganza de Madrid y ex-Subdirectora General de Música y Danza del INAEM-Ministerio de Cultura.




MUJERES Y MÚSICA: el camino escondido


INVISIBLES A PESAR DE SU PRESENCIA

SILENCIADAS A PESAR DE SUS SONIDOS, A PESAR DE SUS PALABRAS

NEGADAS A PESAR DE SU EXISTENCIA ¿O TAL VEZ POR ELLA?

LAS ACADEMIAS DE MÚSICA PARA SEÑORITAS Y SU LEGADO AL PATRIMONIO ACADÉMICO

LAS MÚSICAS EN EL SALÓN BURGUÉS Y SU PIANO

CANTOS DE NACIMIENTO Y CANTOS DE MUERTE

CANTOS DE SIEGA Y CANTOS DE MOLIENDA

MÚSICA STREGA

¿Y DE VERDAD HAY OTRO LENGUAJE? ¿O DE MENTIRA?

EMPEQUEÑECIDAS PARA OCULTAR SU OSADÍA

MÚSICAS MENORES PARA EL CANON

Y SIEMPRE CANTARON
Y SIEMPRE PENSARON
Y SIEMPRE ESCRIBIERON


AQUÍ Y AHORA,

AYER Y SIEMPRE

lunes, 8 de marzo de 2010

Un siglo después…por Margarita Borja

Hace 100 años que se adoptó el 8 de Marzo como Día internacional de la Mujer durante la II Conferencia Internacional Socialista de mujeres en Copenhague, a propuesta de las sindicalistas alemanas Clara Zatkin y Kathy Dunker.
Hace un siglo accedieron a la Universidad española las primeras estudiantes, gracias a nuestras ilustres antecesoras Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, María de Maeztu, Clara Campoamor y María Goyri, entre las destacadas.
Mientras celebramos este cumpleaños se producen hechos todavía excepcionales.
La economista valenciana María Antonia García Benau lleva camino de convertirse en la primera mujer Rectora en una universidad con más de 500 años de antigüedad, la de Valencia, y es reciente la admisión de Soledad Puértolas en el seno de la Real Academia de la Lengua. Al ocupar sillones vacantes Carmen Iglesias, Ana María Matute, Margarita Salas e Inés Fernández Ordónez, es cierto que se ha ido abriendo un tímido proceso de mejora de la presencia femenina en tan ilustre espacio, pero a la vez resulta significativo que hasta la entrada de Soledad no se solucionara el contrasentido que suponía que las dos plazas dejadas vacantes entre 1995 y 1996 por Carmen Conde y Elena Quiroga, no hubieran sido mantenidas, cuando menos, para optaran a ellas otras dos escritoras actuales. Vista la fosa de “la cuota”, a favor del elenco masculino: 47 académicos y 5 académicas, al ritmo que va la cuestión, puede necesitarse otro siglo completo para resolverse.
Y mientras tanto ¿cuánto se pierde la ciudadanía española por las trabas de acceso de los talentos femeninos? Y ¿hasta cuando tendremos que soportar que a cada una que llega le acompañe el latiguillo “no es por la cuota” que niega la mayor.
La ausencia de criterios de acción positiva en muchos lugares de poder cultural contrasta por su lentitud de adaptación y por su ostentosa negación del avance feminista con una realidad más dinámica y esperanzadora, la conseguida por el conjunto de leyes democráticas. Ya las tenemos, y son nuevos instrumentos para aspirar y lograr, sin más demoras, una situación más justa y equilibrada. Hoy también tenemos eso que celebrar y no es poco.
Al leer el artículo que publica en El País María Teresa Fernández de la Vega, hoy día siete, recupero sus palabras en la apertura del Congreso de la Asociación de cineastas Cima, tenéis que moveros, la ley por sí sola no lo hará todo, aconsejó.
Amelia Valcárcel, por su parte, durante le primera Asamblea General Extraordinaria de Clásicas el pasado Noviembre, dijo que los avances más significativos de los años democráticos los hemos conseguido con la complicidad del poder político sumado a nuestra causa. Coincido por completo con su razón. En el ámbito de la creación y la cultura existe, o mejor, persiste una mentalidad que da por supuesta la inexistencia del problema en el sector. Tal negación, que descree de la elocuencia de los porcentajes tanto como de la evidencia, del fenómeno de “naturalización” de la discriminación femenina, suele llegar aderezada de aires de suficiencia retadores.
Pero en la primera asamblea general de noviembre constamos que la causa que nos congrega en Clásicas y Modernas tiene seguidoras porque responde a una realidad de desigualdad en el día a día que percibimos como déficit democrático inaceptable.
Demasiadas trayectorias creativas de las mujeres siguen sufriendo disparidad de oportunidades, es irregular el acceso a los centros neurálgicos de decisión, y no se rectifica fácilmente la desproporción de elencos en todo tipo de carteleras, repertorios, programaciones culturales, genealogías académicas o antológicas críticas.
Las prácticas de naturalización de la ausencia femenina creadora, si no eran democráticas, ahora ya son francamente ilegales, pero las medidas adoptadas para que esta injusta situación se transforme, también en el ámbito de la cultura, necesitan todavía de la lucha feminista con sus mil ojos vigía espontáneos.
Y como para muestra vale un botón, coincidiendo con Diana Raznovich que nos regala a su violonchelista para el blog en este día, cuento aquí para concluir que la Ley y las normativas que la citan e incluyen, por ejemplo no han evitado que este año, las Ayudas a la creación musical contemporánea Ministerio de Cultura se concedieran a doce compositores y a una sola compositora. O que una única directora haya recibido el premio Goya a la dirección.
Pero a lo que iba, estamos de cumpleaños. ¡Feliz ocho de Marzo a todas!
Y enhorabuena a nuestra querida Socia de Honor Amelia Valcárcel, que acaba de recibir el Premio Ocho de Marzo en la UGT en Madrid.

domingo, 21 de febrero de 2010

LAS QUE FALTAN

El mes pasado, la revista Letras Libres dedicó su portada y un amplio reportaje en páginas interiores a los 100 libros que según ellos más habían "influido en el devenir de España en los últimos 100 años". Como era de esperar, la gran mayoría de esas obras, exactamente 97, eran de autoría masculina.


Letras Libres no se alejaba de la tónica habitual de periódicos y revistas a la hora de hacer este tipo de balances. Pero en este caso, Laura Freixas, colaboradora de la revista, propuso publicar un artículo de disenso, como alternativa, y la Revista lo aceptó .



Está publicado en el número de la revista que se encuentra ahora mismo en los quioscos. En la Asociación hemos decicido subirlo al blog por si os resulta de interés.



Publicado en Letras Libres, febrero de 2010



LAS QUE FALTAN

por Laura Freixas





¿Los 100 libros “que más han influido en el devenir nacional de los últimos cien años”, según cuatro destacados críticos españoles?... La idea era espléndida. Pero al recorrer el listado resultante, una sentía cierta extrañeza, sin saber muy bien, en un primer momento, por qué. Qué raro que no figure Rosa Chacel…. Vaya, pero si no está tampoco María Zambrano. ¿Y Ana María Matute? ¡pero si es de las más grandes, si lleva sesenta años siéndolo! ¿de verdad ninguno ha pensado en ella? ¿Y Mercè Rodoreda? ¿Y Montserrat Roig?... ¿Y cómo puede ser que no esté Esther Tusquets? ¡Ni María Teresa León! ¡Ni Almudena Grandes! ¡Ni Belén Gopegui!... Hasta que al final, una cae en la cuenta: es que no han incluido prácticamente a ninguna mujer. De los 100 libros que estos cuatro críticos (se les pidió 25 a cada uno) consideran importantes, 97 llevan firma masculina.

Ya, ya sé cuál es la respuesta estándar ante críticas de ese tipo: “No aplicamos cuotas, sólo atendemos a la calidad”. ¿Calidad? ¿A juicio de quién? Pues no siendo la literatura una ciencia exacta, la calidad siempre será cuestión de gustos (gustos instruidos, formados, educados, desde luego, pero gustos al fin), cuestión, pues, subjetiva. En la que influyen factores subjetivos. Que por ejemplo el crítico aragonés, Félix Romeo, haya mencionado más libros de autores aragoneses que su colega catalán o canario me parece explicable: tiene más información sobre esas obras, las conoce mejor, le resultan más próximas. Y legítimo, a condición de que no se privilegie unas circunstancias sobre otras… que es lo que ocurre cuando sólo se pide opinión a varones (lo eran los cuatro críticos consultados en el número de Letras al que me estoy refiriendo).

Claro está que no es sólo, mecánicamente, el sexo del crítico lo que define sus preferencias. Se trata también de la ideología en la que todos, hombres y mujeres, estamos inmersos: la ideología patriarcal, tan arraigada que, a menos que hagamos un esfuerzo consciente para entenderla y criticarla, ni siquiera solemos reparar en ella, y que es tanto más eficaz cuanto que la asumimos inconscientemente. Una ideología que entre otras cosas, dictamina que sólo el varón encarna a todo el género humano (como lo muestra la doble acepción de la palabra hombre), mientras que la mujer es sólo la mitad de la especie. De lo que se sigue, siempre según la ideología patriarcal, que los varones (los escritores, experiencias, personajes, etc, masculinos) nos representan a todos, mientras que las mujeres (escritoras, experiencias, personajes, etc, femeninos) sólo se representan a sí mismas, y sólo pueden interesarse unas a otras. Con tales parámetros, no es de extrañar que a la hora de establecer un canon, es decir, de señalar las obras de mayor alcance, de más amplia representatividad, la mayoría de los críticos piensen sólo en obras masculinas. Pero ¿no sería hora de que empezaran a ejercer la sana virtud de la autocrítica?...

Por mi parte, acogiéndome a la amable hospitalidad de Letras libres, señalo a continuación 25 obras debidas a escritoras españolas que han influido en el devenir de los últimos cien años. No porque crea, claro está, que sólo ellas importan –si me hubieran pedido mi opinión en un primer momento, habría hecho una lista con escritoras y escritores-, sino porque de las obras masculinas –de todas o casi todas las que yo habría incluido- ya se ocuparon los cuatro críticos que opinaban en el número anterior. Era recuperar la otra mitad de la historia lo que hacía falta; subsanar el olvido, contrarrestar la tendencia inconsciente de toda cultura patriarcal a borrar las huellas femeninas.

Aunque he intentado ser objetiva en la apreciación de la importancia de los textos, entendiendo por tal su calidad, su novedad y el haber sabido capturar el espíritu de su generación, quiero confesar también mis propias circunstancias subjetivas: nací en Cataluña, de padre catalán y madre castellana, y vivo en Madrid (hablo ambas lenguas y escribo en castellano); leo más prosa que poesía, y tengo debilidad por los géneros autobiográficos. Quiero que conste, porque como ya dije, no creo que en asuntos artísticos la objetividad perfecta sea posible.



1-Solitud de “Víctor Català” (Caterina Albert) 1905

2-Nada, de Carmen Laforet 1945

3-Fiesta al noroeste, de Ana María Matute 1953

4-A instancia de parte, de Mercedes Fórmica 1954

5-La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda 1962

6-Memoria de la melancolía, de María Teresa León (1970)

7-Cartas a una idiota española, de Lidia Falcón (1974)

8-Te deix, amor, la mar com a penyora, de Carme Riera 1975

9-El temps de les cireres, de Montsedrrat Roig (1978)

10-Crónica del desamor, de Rosa Montero (1979)

11-El mismo mar de todos los veranos, de Esther Tusquets 1979

12-El bandido doblemente armado, de Soledad Puértolas (1980)

13-Mi hermana Elba, de Cristina Fernández Cubas (1980)

14-Alcancía, de Rosa Chacel 1982

15-Hacia una crítica de la razón patriarcal, de Celia Amorós (1985)

16-Delirio y destino, de María Zambrano (1989)

17-Las edades de Lulú, de Almudena Grandes (1989)

18-Historia de una maestra, de Josefina R. Aldecoa 1991

19-Nubosidad variable, de Carmen Martín Gaite 1992

20-Amor, curiosidad, Prozac y dudas, de Lucía Etxebarría 1997

21- Lo real, de Belén gopegui (2001)

22-Velódromo de invierno, de Juana Salabert 2001

23-La voz dormida de Dulce Chacón (2002)

24-Reina de América de Nuria Amat 2002

25-Viajes con mi padre, de Luisa Castro 2003