viernes, 2 de octubre de 2009

Algunos elementos del debate sobre la prostitución.

1. Carta de nuestra asociación a David Torres
2. Artículo de Laura Freixas sobre la prostitución
3. Artículo de David Torres


Carta de la asociación a un tal David Torres a propósito de su escrito “El oficio más viejo del mundo” publicad en El Mundo el 18.09.2009

Desde la asociación Clásicas y modernas para la igualdad de género en la cultura, queremos felicitar efusivamente a David Torres por su brillante artículo "El oficio más viejo del mundo" (18-9-09). Qué aguda su reflexión de que en el fondo -viene a decir- las mujeres que se dedican a la política son todas prostitutas. Es cierto que sólo encuentra de ello dos ejemplos (Mesalina y Cicciolina), separados además por dos mil años de historia, lo cual podría parecer poca cosa al lado de las muchas diputadas, ministras, jefas de Estado, intachables (o no, pero ni más ni menos que sus colegas masculinos); pero no importa: toda mujer es una zorra, y si no, será que no ha tenido aún la oportunidad de demostrarlo. Como él bien dice, a la pregunta: "¿Le gustaría que su hija fuese puta?", habría que contestar: "¿y que fuese diputada?", que viene a ser lo mismo. Muy ingenioso, por cierto, el juego de palabras.

No menos brillante es su observación, al hilo de unas declaraciones de Rubalcaba, de "cuánto se parecen en el fondo un ministro progre y un arzobispo", por el hecho de considerar tanto uno como otro que "la prostitución entraña un elemento de degradación inevitable". Esperamos que un próximo artículo, el señor Torres haga extensivo su razonamiento a otras cosas que también condenan, sospechosamente, tanto la Iglesia como la progresía. Por ejemplo la violación, o la venta de órganos.


Artículo de Laura Freixas sobre la prostitución publicado en La Vanguardia, 17-9-09
Prostitución: una propuesta

Por fin parece que en el tema de la prostitución nos vamos a dejar de hipocresías, fariseísmos y moralinas. Por fin parece que vamos a encararla como es debido, es decir, regulándola. Los argumentos no pueden estar más claros. La prostitución es una realidad social que ha existido siempre, por lo que es ilusorio intentar erradicarla. Es cierto que hay mafias, esclavitud, trata, etcétera, pero eso es lo que hay que castigar, y no a las trabajadoras que libremente y a cambio de un pago se alquilan para actos sexuales, que es lo mismo que alquilarse para hacer la vendimia o vender zapatos. Cierto que el trabajo sexual está mal visto, pero eso no es sino síntoma de una mentalidad atrasada y pacata, que con el tiempo y el progreso irá, esperémoslo, cambiando.

Permítanme ahora formular una humilde propuesta. Ya que por fin nos hemos quitado la máscara bienpensante, aprovechemos para legalizar otro fenómeno ante el que sería inútil cerrar los ojos. Me refiero a los malos tratos. Igual que la prostitución, es esta una realidad que ha existido siempre. El motivo es el mismo en ambos casos: algunos caballeros (siempre caballeros, pero este es un detalle sin significación particular) consideran oportuno desahogar, sobre señoras (siempre o casi siempre señoras, inmigrantes y pobres, pero eso también es casualidad) sus instintos reprimidos. Nada que objetar, desde el momento en que pagan. Junto con los burdeles podríamos pues habilitar unos establecimientos, con la debida licencia municipal, control sanitario..., en los que unas señoritas, trabajadoras de la violencia, estuvieran a disposición de los señores clientes que deseen, mediante el pago de una cantidad variable según el servicio (cachete, tanto; patada, tanto; tirar al suelo y arrastrar de los pelos, tanto), insultarlas y abofetearlas. Es cierto que no es muy placentero recibir una paliza, pero no puede ser mucho más desagradable que ponerse de rodillas ante un desconocido - y luego otro, y otro, y otro, y así un día y otro día-que se baja la bragueta. Lo importante es lo que viene después: un espléndido billete de veinte euros… Espero haberles convencido, y el próximo día podemos abordar otra manera que tienen los pobres de ganarse la vida y que debería asimismo regularse sin tapujos: vender a los ricos un ojo o medio hígado.



El oficio más viejo del mundo
David Torres. El Mundo, 18.09.2009
HAY serias dudas sobre cuál es el oficio más viejo del mundo, si la política o la prostitución. Una mujer que vende su cuerpo puede obtener un rápido beneficio, pero la ventaja se multiplica si es lista y decide vender todo lo demás. Su escaño, por ejemplo. En cualquier caso, parece ser que desde muy temprano, antes de Benidorm incluso, hubo modalidades mixtas. La historia va de Mesalina (que organizaba concursos púbicos en la cama imperial) a Cicciolina (que adaptó la pornografía al ecologismo), una trayectoria que incluye desde los senadores romanos apiñados en la faltriquera de Craso hasta un diputado tránsfuga de cualquier partido que se les ocurra. Está feo señalar.
El tema preocupa a nuestros líderes hasta tal punto que Zapatero visitó de hurtadillas la villa donde Berlusconi hacía su casting de secretarias. Preguntado sobre la polémica, Rubalcaba admite que la prostitución siempre entraña un elemento de degradación inevitable (asombra comprobar cuánto se parecen en el fondo un ministro progre y un arzobispo). Quizá a Rubalcaba le costaría explicar por qué la degradación prospera a sus anchas en las entrepiernas realquiladas y no en esos dignos oficios de lavacoches, dependiente de McDonald's o conserje de La Moncloa. ¿Le gustaría que su hija fuese puta? Es una buena pregunta que convendría matizar con esta otra: ¿le gustaría que su hija acabase de diputada?
Mafias y trata de esclavas aparte (oficios prohibidos ambos, aunque respetados por la policía con la misma sonrisa indulgente con que se toleran los excrementos en la vía pública, la telemierda en horario infantil y el botellón), todo el dilema del puterío se reduce al viejo debate socrático de si nuestra carne es algo más que barro y al viejo dilema teológico de si el barro es nuestro o no. Al fin y al cabo, toda transacción económica supone la venta o el alquiler de un talento o una parte del cuerpo, y no se entiende, salvo intromisiones metafísicas o preceptos religiosos, por qué las ingles deben contar con una legislación especial.
Si la prostitución debe perseguirse, ¿qué hacer entonces con esos políticos que, en época de campaña, exhiben desvergonzadamente sus promesas electorales como rameras en plena calle? ¿En qué escuela reformar a esas diputadas díscolas que sacaron un escaño amparándose en unas siglas de moda y luego lo vendieron al mejor postor? Parece mentira que tanto a los arzobispos como a ciertos ministros expertos en degradación les preocupe únicamente el comercio del cuerpo, perecedero y mortal, y se desentiendan del alquiler de almas, negocio mucho más lucrativo, pernicioso y en constante expansión.

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