sábado, 12 de diciembre de 2009

Discurso de Laura Freixas

Discurso leído por Laura Freixas en la Primera Asamblea General anual de CLÁSICAS Y MODERNAS (Asociación para la igualdad de género en la cultura), celebrada en La Casa Encendida de Madrid, el 28 de noviembre de 2009

*

Queridas amigas:

El pasado mes de octubre se concedieron los dos premios de novela más importantes de nuestro país: el Planeta y el Nacional de Narrativa. El Planeta lo ganó una mujer, Ángeles Caso, y el Nacional de Narrativa, un hombre, Kirmen Uribe. El dato me parece significativo de lo que está ocurriendo con las mujeres en el mundo de la cultura. Como sabéis, el Planeta es el más importante de los premios de novela que otorgan las editoriales; y el Nacional de Narrativa es el principal de otorgados por la Administración. Tenemos pues dos grupos: los premios comerciales y los institucionales. Vamos a ver qué pasa con cada uno de ellos.

En los últimos diez años, algunos premios literarios comerciales: el Planeta, el Biblioteca Breve, el Alfaguara… se han repartido más o menos por igual entre hombres y mujeres (no todos: en el Nadal la proporción es 8/2, en el Herralde todos los ganadores han sido varones).

Pero ¿qué ocurre con los premios institucionales: el Cervantes, el Nacional de las Letras, los premios Nacionales de Narrativa, de Ensayo, de Poesía…? Todos han recaído en hombres. Y esta es la tendencia general, tanto en literatura como en otras artes. Ninguna mujer ha recibido el Premio Nacional de Música ni figura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

De los 33 escritores premiados con el premio literario más importante en todos los países de habla española, el Cervantes, sólo dos han sido mujeres (María Zambrano en 1988 y Dulce Loynaz en 1992) (6 %). De los 25 ganadores del Nacional de las Letras, sólo 3 (12 %). En el Premio N. de Narrativa, al que me refería más arriba, de 31 premiados, solo dos han sido mujeres (CMG 1978, C. Riera 1995). De los 31 que han recibido el Nacional de Poesía, han sido mujeres 3 (menos de 10 %). El caso más llamativo es el Nacional de Ensayo: en sus más de 30 años de existencia, sólo lo ha ganado una mujer, Celia Amorós, en 2006 (3%).

Menos del 30 % de los museos españoles tiene directora femenina; de las 94 exposiciones individuales organizadas por los tres principales museos de arte contemporáneo (MNCARS, MACBA e IVAM) entre 2005 y 2007, sólo 15 estuvieron dedicadas a artistas mujeres; fueron mujeres sólo un 20 % de los galardonados con el Premio Nacional de Fotografía, 13 % en el de Bellas Artes, 7 % en el de Artes visuales de la Generalitat de Catalunya.

En suma, la proporción de mujeres entre los galardonados en nuestro país, desde la transición hasta ahora, con los premios que simbolizan el prestigio, el acceso al canon, es ínfima: entre un 3 y un 12 %.

En los primeros años después de la muerte de Franco, pudimos pensar que la democracia iba no sólo a declarar, como así lo hizo (art. 14 d ela Constitución), sino también a poner en práctica el principio de igualdad entre los sexos. En el ámbito que nos ocupa, el cultural, hubo signos esperanzadores: en 1978, la Real Academia admitió como socia, por primera vez en su historia, a una mujer, la escritora Carmen conde, y en el mismo año, Premio Nacional de Narrativa recayó también en una mujer, C. Martín Gaite. Pero ¿qué ha pasado desde entonces?

Ha pasado que lo que parecía un primer paso, no lo ha sido, no ha tenido continuidad, o apenas. 31 años después del ingreso de c. conde en la Real Academia, la proporción de mujeres entre los académicos no es, como cabía esperar, del 50 %, sino de menos del 10 % (3 entre 42 =7 %).

Ha pasado que algunas mujeres se han abierto paso en el ámbito comercial (caso del premio Planeta p. ej.) – pero por desgracia, esas mujeres a las que se promociona, a las que se pone en el escaparate para dar una apariencia de igualdad, son con frecuencia las que no cuestionan, sino que corroboran, los estereotipos sexistas.

Ha pasado que hemos visto cómo el ámbito institucional sigue cerrado para ellas, para nosotras. Y el ámbito institucional es importante no sólo por sí mismo –no sólo porque las mujeres del mundo de la cultura podemos aspirar, legítimamente, al prestigio, en vez o además del éxito-, sino sobre todo, para el futuro. Nuestras nietas y nietos no leerán en el colegio a los premios Planeta, sino a los premios Cervantes.

Ha pasado que una gran inercia histórica –el hábito de valorar, encumbrar a los hombres y olvidar a las mujeres- consigue, sin necesidad de que nadie se lo proponga deliberadamente, deshacer lo que hacemos, devolvernos una y otra vez a la invisibilidad, recrear constantemente, anulando nuestros esfuerzos, una representación del arte, el pensamiento, la cultura, en la que sólo figuran varones. Incluso las mujeres que obtienen cierto reconocimiento en vida, son inmediatamente olvidadas junto con sus obras, como una gran marea que una y otra vez borrase nuestras huellas.

Ha pasado que hemos perdido la fe en el progreso y ya no creemos que el tiempo, por sí solo, trabaje a favor de la igualdad. A favor de la igualdad tenemos que trabajar nosotras.

Tenemos que enfrentarnos a la inercia, a la incomprensión. Tenemos que enfrentarnos a los argumentos que se nos oponen: que “el talento no tiene sexo” y que “la calidad es lo único que debe contar”
.
Claro que el talento no tiene sexo, pero entonces la pregunta que hay que hacerse es ¿por qué la proporción de hombres y mujeres entre los que acceden a la creación y los que acceden al reconocimiento, no es de 50/50 sino de 85/15?

¿No será que además de talento, la creación necesita el apoyo de una industria? ¿No será que la difusión y el estatus de una obra depende del apoyo que reciba por parte de todo el entramado del poder cultural: Academias, críticos, festivales, Universidades, instituciones varias?... Creer que las personas que componen esas instituciones y esa industria son “objetivas”, sensibles sólo a la “calidad” –como si la calidad fuera una ciencia exacta-, insensibles a complicidades (por más inconscientes que sean) de sexo, raza, clase social, ideología política… sería imperdonablemente ingenuo… si no fuera una ingenuidad interesada.

Lo cierto es que muchos hablan de este tema sin mencionar –sabia precaución- una sola cifra, con la cual dan la impresión de que la igualdad ya existe y lo que ocurre es que algunas mujeres ventajistas quieren rentabilizar su presunta condición de víctimas. Un ejemplo: en 2006 Celia Amorós recibió el PN de Ensayo por su libro “La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias para la lucha de las mujeres”. Era la primera –y la única hasta ahora- mujer que recibía ese premio en sus 30 años de existencia. Pero al comentar la noticia, El cultural del Mundo no hizo ninguna referencia a ese dato. Su comentario fue: “La ofensiva y pertinaz cuota, ahora en el Premio Nacional de Ensayo”.

En síntesis, y contrariamente a lo que suele creerse, el mundo de la cultura es, sigue siendo, uno de los ámbitos profesionales en los que hay menos mujeres en puestos de poder (poder simbólico incluido). Y no porque a ellas no les interese. Hace ya varias décadas que el número de estudiantes mujeres supera al de varones en humanidades y carreras artísticas: en el curso 1979-1980, por ejemplo, ellas representaban algo más del 60 % en las Facultades de Letras (Filosofía, Filología, Ciencias de la Educación, Geografía e Historia y Psicología); de quienes se licenciaron en Bellas Artes en nuestro país en el año 1990, el 54 % eran mujeres… Hay ya pues por lo menos una generación de potenciales artistas, críticos, intelectuales, gestores culturales…, compuesta por ambos sexos en proporción similar (o con superioridad numérica femenina). Esa generación tiene hoy entre 40 y 50 años: está en el momento álgido de su vida profesional. Pues bien: ¿dónde están las mujeres?...

¿Y por qué las mujeres no consiguen –o tan poco- acceder, primero, a la creación artística o intelectual, después, al reconocimiento de sus pares? ¿Se trata simplemente de un ejemplo más de la dificultad general de ellas en incorporarse al ámbito profesional, dadas sus obligaciones familiares y domésticas? Creemos que no; creemos que el problema no es tanto de las mujeres respecto a la cultura (sea cine, literatura, música, artes plásticas…), como de la cultura respecto a las mujeres. En parte porque su contenido mismo (la tradición literaria, cinematográfica, iconográfica…) nos presenta a las mujeres no como sujetos, protagonistas de su propia historia, sino como objetos de la fantasía masculina; es difícil cambiar esa percepción y empezar a verlas, a vernos, como creadoras. En parte también, porque el establishment cultural está compuesto por varones en su aplastante mayoría. Y, claro, cuando se disfruta de una espléndida cuota del 70, 80 o 90 %, ¿quién no se aferra a ella, quién no busca argumentos para mantenerla?... Lo entendemos: es humano. Pero pedimos a nuestros compañeros que hagan un esfuerzo por entender la justicia de lo que reivindicamos: la mal llamada “discriminación positiva”, que no pretende discriminar a ningún grupo, darle una injustificada ventaja sobre otros, sino restablecer la igualdad de oportunidades. En definitiva, un mecanismo consciente para corregir la discriminación “negativa”, inconsciente pero a juzgar por los resultados, eficacísima.

Esas medidas que pedimos, la ley ya nos las concede. (22 de marzo de 2007: Ley de Igualdad, que desarrolla el principio de igualdad recogido en el artículo 14 de la Constitución. La Ley de Igualdad tiene un artículo, el 26, consagrado específicamente al mundo de la cultura.) Es un instrumento enormemente valioso para nosotras. Pero la práctica nos está demostrando que aunque nadie discuta los principios, su aplicación práctica es harina de otro costal. Muchas instituciones que deberían aplicarla simplemente no se han dado por enteradas. En otras, los intentos de aplicarla tropiezan con todo tipo de dificultades, resistencias, inercias, intereses creados… Se atribuye al conde de Romanones la cínica observación que no le importaba quién hiciera le ley, si le dejaban a él hacer el reglamento. Nuestras amigas de CIMA saben muy bien, me temo, de qué estoy hablando.

El motivo, pues, por el que algunas mujeres de distintos ámbitos de la cultura decidimos, en abril de este año, fundar una asociación, es que estamos preocupadas por este estado de cosas.

Preocupadas por la escasez de mujeres en el mundo de la cultura, especialmente en sus niveles más altos. Preocupadas por la falta de avance. Preocupadas, también, por la ignorancia generalizada de este estado de cosas, por el espejismo, obviamente falso, pero tan extendido, según el cual la igualdad no sólo se ha conseguido sino que se estaría superando a favor de las mujeres. Preocupadas por la hostilidad de muchos medios, de muchos intelectuales, de muchos de nuestros propios colegas.

Preocupadas, pero también decididas. Decididas a no callarnos, a no tirar la toalla, a no tomar por fracaso personal lo que es un problema colectivo. Decididas a reflexionar, a debatir entre nosotras y con ellos, a actuar. A transformar la sociedad. Porque aunque muchos parecen haberlo olvidado, aunque no está de moda creer en ello, nosotras sabemos que la acción colectiva sí consigue cambiar las cosas. Que nos lo digan a las mujeres, que si hoy estamos aquí, si podemos votar, trabajar, estudiar, viajar, sin permiso de nadie, es gracias a los esfuerzos, a la militancia, de muchas mujeres que nos han precedido. Por eso creemos que vale la pena actuar. Lo consideramos, además, nuestro deber para con nuestras hijas e hijos, a los que queremos legarles un mundo más justo.

Existen ya, y han hecho y están haciendo un estupendo trabajo, asociaciones de mujeres de ámbitos concretos de la cultura: periodistas, músicas, cineastas, artistas plásticas… Pero quienes fundamos Clásicas y modernas creímos conveniente que existiera una asociación no sectorial, sino transversal. En la junta directiva que os proponemos hay representantes de distintas formas de vinculación a la cultura: las artes escénicas, la música, el humor gráfico, la edición, la creación literaria (ensayo y narrativa), la enseñanza universitaria…

Porque creemos que son necesarias ciertas actuaciones globales: una reflexión teórica sobre el tema que nos ocupa; una investigación de amplio espectro sobre mujeres y hombres en la cultura española actual. Una acción unitaria dirigida a la Administración. Una acción también global de cara a la opinión pública.

Hemos buscado un nombre, decidiéndonos por “Clásicas y modernas”: un homenaje a “las modernas de Madrid” de la época de la República y una reivindicación del derecho de las mujeres artistas e intelectuales del presente a ocupar su lugar entre los contemporáneos, y de las mujeres del pasado –tan a menudo olvidadas- a ocupar también su lugar entre los clásicos.

Nos hemos inscrito en el registro, hemos aprobado unos estatutos… Diana Raznovich ha diseñado un logo y abierto un blog, Ángela Martín y Margarita Borja se han ocupado de pedir una subvención al Instituto de la Mujer para que podamos empezar a funcionar, Berta Ojea y yo hemos empezado ya a reunirnos con otras asociaciones de mujeres (concretamente CIMA y MAV), con representantes del Ministerio de Igualdad y el Ministerio de Cultura, y con Fátima Arranz, de la Universidad Complutense, a quien hemos encargado un estudio de la situación de las mujeres en el mundo cultural de nuestro país.

Ahora queremos que a la Junta se incorporen como vocales Nora Levinton, psicoanalista, Marian López Cao, directora del Instituto de Investigaciones Feministas, Marisa Manchado, compositora, y Carlota Ojea, productora de artes escénicas, todas ellas mujeres valiosas, preparadas, comprometidas, que tienen mucho que aportar.

Hemos propuesto, a mujeres que respetamos por su obra y por su trayectoria feminista, mujeres con cuya participación querríamos contar –en forma de ideas, de experiencia, de trabajo-, que se hicieran socias. Porque lo que consigamos depende del esfuerzo y la colaboración de todas. En la pantalla podéis ver las comisiones de trabajo que hemos formado y a las que os invitamos desde ahora a uniros.

Y os hemos convocado hoy, esta mañana, a las que ya sois socias y a las que no lo sois (o todavía no) pero compartís nuestros fines, para que nos conozcamos. Para que intercambiemos y debatamos nuestras preocupaciones, nuestras propuestas, nuestros proyectos, que ahora os contará nuestra vicepresidenta, Berta Ojea. Con ella os dejo.